Bebió su orina, comió murciélagos y caminó más de 290 kilómetros: la historia del maratonista que estuvo 9 días perdido en el Sahara

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Los hechos de esta historia son tan fascinantes como inverosímiles y su único testigo es su propio protagonista, quien desde entonces ha sido objeto de documentales. ¿Es el ser humano capaz de vagar por el desierto del Sahara sin agua potable durante 9 días? El italiano Mauro Prósperi asegura que sí, porque él lo padeció en carne propia y hoy vive para contarlo.

Todo comenzó en la isla italiana de Sicilia, en donde el corredor amateur Giovanni Manzo le comentó a su compañero de aventuras, Mauro Prósperi, sobre una competencia que por fin iba a poner a prueba sus límites. Con varias carreras en su haber, los jóvenes atletas buscaban una que realmente los desafiara y la Maratón des Sables sonaba perfecto.

Es una carrera a pie que se divide en 6 etapas y cubre un estimado de 250 km de distancia. Está abierta a todo corredor, el cual debe cargar consigo todo su equipo y alimento, es decir autonomía total”, señala el sitio web de la competición que se celebra una vez al año en Marruecos y que se se enorgullece de haber contado con 22 mil participantes desde su primera edición en 1986.

“Me fascinó de inmediato, porque era una competencia que tenía una meta particular: experimentar la naturaleza en primera persona y competir contra ella y contra uno mismo”, recordó Prósperi en la serie Documental Losers de Netflix, que relata una parte de su aventura.

En aquel entonces, 1994, se calificaba a la carrera como la más dura de la Tierra y sus promotores insistían con el hecho de que era una especie de lucha entre el ser humano y la naturaleza, por lo que no era apta para aficionados. Lo cierto es que hasta ese momento había muerto una sola persona, un francés que había sufrido un ataque cardíaco en 1988, pero no había otros antecedentes relevantes en casi 10 años.

Los italianos no dudaron y se anotaron para ser parte de la travesía. Ambos comenzaron entusiasmados, pero con misiones diferentes, Manzo quería disfrutar del recorrido, mientras que Prósperi buscaba ganar. Por ese motivo, aunque partían juntos, a mitad de cada etapa solían distanciarse.

Además del sol, el calor y la arena, el viento es otro factor a tener en cuenta en esta travesía y que muchas veces es ignorado. Abril es un mes ventoso en la zona, por lo que las ráfagas en contra pueden generar un desgaste inesperado para los competidores, pero hasta la tercera etapa, los italianos venían marcando buenos ritmos y no estaban padeciendo el circuito. En la etapa 4, todo cambió. El trayecto de esta instancia es de 85 kilómetros, por lo que algunos competidores tardan más de 24 horas en completarla, así que suelen equiparse con carpas y vestimenta para pasar la noche entre los médanos.

“Iba a atravesar un tramo del desierto de 4 kilómetros de ancho, por 40 de largo. Entonces corté camino por unas dunas pequeñas… y en un momento se desató el infierno“. Una tormenta de viento y arena tomó por desprevenido a todos y en especial a Prósperi, cuyo atajo se volvió su peor enemigo. “Las dunas pequeñas son más peligrosas que las grandes. Se mueven. Vi que si me quedaba quieto, me cubrirían, así que empecé a moverme”.

La tormenta duró cerca de 8 horas. Para cuando el viento se detuvo ya había oscurecido y Prósperi se había perdido, pero él aún no lo sabía.

Sin visibilidad, el maratonista no podía encontrar los puntos de referencia de la carrera ni a ningún otro colega, por lo que decidió echarse a dormir para continuar con más fuerzas y mejores condiciones al día siguiente.

Al amanecer, el italiano subió hasta la cima de una de las dunas: “Mi corazón se derrumbó. No pude ver nada: sin rastros de camiones, sin signos de un campamento, sin Land Rovers. Nada parecía familiar. Me di cuenta de que la situación era grave. Había bebido casi toda mi agua: solo quedaba un dedo en la segunda botella”, recordó en una entrevista a Men’s Journal.

Sobre la cima de aquel médano pasó casi todo el día, ya que los organizadores habían explicado que en caso de perderse, la recomendación era quedarse en un lugar hasta ser hallados por los equipos de rescate. El procedimiento casi funciona, porque un helicóptero pasó cerca de donde él se encontraba, pero a pesar de haber prendido la única bengala que tenía (la cual no estaba en buen estado), la aeronave nunca lo vio.

“No entendía lo que pasaba. Ahora sí, estaba desesperado”

Fue entonces cuando se dio cuenta que el último litro de agua se había acabado, por lo que optó por llenar la botella con orina, para beberla solamente en caso de emergencia. La noche llegó y nuevamente durmió bajo las estrellas.

A la mañana siguiente, ya habiendo comprendido cuál era su situación, comenzó a caminar. Su largo trayecto sin sentido, pero lleno de esperanza, recibió la nunca simpática compañía de dos cuervos, que aguardaban por su inminente caída para comer su carne.

Tras una extensa caminata bajo el agobiante sol del desierto, se topó un refugio. “Era un pequeño templo musulmán con una torrecilla de piedra. Más tarde supe que era un santuario de morabitos, una estructura religiosa que es común en todo el Sahara. Era un mausoleo, de verdad. Un hombre santo islámico fue enterrado en una de las paredes”.

Al entrar, no encontró a nadie, pero al menos había un techo bajo el cual cubrirse de los rayos y esquivar así un poco el calor. Además, halló un nido con tres huevos que le sirvieron de alimento, pero llegada la noche el estómago empezó a crujir nuevamente.

Había una pequeña colonia de murciélagos viviendo debajo del alero del edificio. Justo antes del anochecer, me escabullí allí y agarré dos de ellos. Decidí comerlos crudos, porque cocinarlos en mi estufa portátil solo los secaría, y sabía que la humedad era lo que más necesitaba. Así que les saqué el cuello y chupé. Era algo asqueroso, pero estaba loco de hambre. Todo lo que probé fue algo cálido y salado en mi boca”. Tras la cena, volvió a dormirse.

El cuarto día inició con una grata sorpresa. Un avión estaba sobrevolando la zona y él, desesperado ante lo que podía ser su última escapatoria, optó por llamarle la atención de la única forma que pudo. Tomó su bolsa de dormir y todo el material sintético que llevaba en su mochila. Cavó un hoyo en la arena. Colocó todo allí y lo prendió fuego. La señal de humo debía salvarlo.

“En cuando prendí el fuego, comenzó otra tormenta de arena”.

Para ese entonces, la Maratón des Sables llegaba a su fin. Los corredores cruzaron la meta y aún no había novedades sobre Prósperi, cuyo nombre ya había acaparado todas las portadas de los periódicos italianos. Su hermano había viajado rumbo a Casablanca, ciudad de Marruecos, junto a dos oficiales de Interpol y se había iniciado una búsqueda paralela a la de los organizadores, junto con el ejercito de la nación africana.

Mientras tanto, en el medio de la nada, tras haberse comido los 20 murciélagos que allí tenía y luego de haber incendiado gran parte de su equipo de supervivencia, Prósperi había visto escapar su última oportunidad de ser rescatado.

“Todo en lo que podía pensar era en que iba a experimentar una muerte horrible. Una vez escuché que morir de sed era el peor destino posible. De las brasas de mi hoguera, saqué un trozo de carbón y le escribí una carta final a mi esposa. Le pedí que me perdonara por no ser un mejor esposo y padre. Estaba fuera de mi cabeza, sin pensar con claridad. Entonces me corté la muñeca con mi navaja”.

Tras pasar algunas horas desmayado, despertó. No había muerto. La deshidratación había coagulado su sangre y, como el corte tampoco era demasiado profundo, el desangrado no sucedió. Su momento no había llegado todavía.

Fue entonces cuando recordó que los organizadores habían explicado que desde la meta, en Zagora, se puede ver una cadena montañosa. Al analizar un poco el horizonte y advertir que para ese día (el lunes 18, el quinto desde la primera tormenta de arena) la competencia ya había finalizado, decidió hacer el esfuerzo y caminar hacia unas montañas que se divisaban a lo lejos.

“No eran un espejismo, pero eran las equivocadas”.

Su caminata hacia los lejanos picos le llevó demasiado tiempo, por lo que debió recurrir a la botella que había cargado hacía días con su propia orina. Al acercarse a las elevaciones, el terreno se volvió más rocoso y pudo encontrar algo de alimento, gracias a un ratón y una serpiente que pudo cazar. Además, el rocío sobre las piedras le brindaba algo de agua por las mañanas y pudo organizarse una rutina: solo caminaba al amanecer y durante la tarde, antes de que oscureciera, para evitar los rayos del sol.

Para ese momento, solo lo buscaban su hermano y su cuñado. El ejército de Marruecos y los organizadores lo habían dado por muerto y los corredores ya habían sido enviados a sus casas. El mundo seguía girando sin Prósperi.

“Al octavo día, me encontré con un oasis. Realmente era solo un gran charco, un espejo de agua. Me arrojé sobre él, pero apenas podía tragar. Logré forzar un bocado y casi inmediatamente vomité. No pude sostener nada. Descubrí que tenía que tomar pequeños sorbos, uno cada 10 minutos. Me acosté junto al charco como un leopardo en su abrevadero. Por la mañana, mi sed estaba apagada”.

Mientras tanto, su hermano logró hallar una botella y restos de lo que parecían ser pertenencias del maratonista, que las había dejado a propósito en el camino, por lo que los noticieros de la época empezaron a sospechar de que tal vez el milagro era posible. A su vez, su esposa e hijos utilizaron esos objetos para aferrarse a la esperanza que nunca habían perdido. ¿Pero era realmente posible que una persona sobreviviese más de una semana en el Sahara?

“Me daba cuenta de que estaba flaco y débil. Temblaba muchas veces. Podía verme los huesos en las manos. Tenía las muñecas tan pequeñas que el reloj me bailaba. También me di cuenta de que tenía las cuencas de los ojos muy hundidas. Mientras pensaba todo esto, detrás de una colina, apareció una niña”.

Al verlo, la pequeña de unos 8 años, aterrada por lo que parecía ser un monstruo, huyó despavorida. Prósperi la persiguió hasta llegar a un pequeño campamento de caravanas que había entre unos árboles. Se trataba de un asentamiento tuareg, una comunidad de tradición nómada del desierto del Sahara. Allí, una mujer mayor le dio algo de alimento y unos hombres lo llevaron en camello hasta un pueblo cercano, en donde fue “recibido” por la policía militar.

“Inmediatamente me vendaron los ojos y me pusieron de rodillas”

Tras ser interrogado en una base militar y descartar la posibilidad de que fuera un espía, los oficiales advirtieron que se trataba del famoso maratonista italiano que se había perdido hacía nueve días: “Bienvenido a Argelia”.

La travesía de Mauro Prósperi comenzó el jueves 14 de abril y terminó el sábado 23, luego de haber recorrido más de 290 kilómetros y de haber cruzado la frontera entre Marruecos y Argelia, país en el que fue hallado. Había perdido 16 kilogramos y pesaba apenas 45 kg.

Lo más curiosos es que al año siguiente, el italiano volvió a anotarse en la competencia africana, de la cual participó en 7 ocasiones en total y nunca pudo ganar. Pero su historia ha trascendido cualquier frontera e incluso se ha vuelto una leyenda para la Maratón des Sables, a pesar de que muchas personas sostienen que su relato es falso.

“Su historia es una fabricación. Te hará creer que es Superman. Es fisiológicamente imposible para un hombre viajar más de 200 kilómetros en el desierto sin agua. Este es un acto sobrenatural”, aseveró Patrick Bauer, fundador y director de la competición, en diálogo con Men’s Journal hace algunos años. “Es posible que se haya perdido realmente por unos días. Pero todo lo demás suena falso. Creemos que al principio fue recogido por alguien. Y luego decidió esconderse por un tiempo”.

Tal vez Prósperi no haya necesitado superpoderes para sobrevivir y el propio contexto de semejante aventura le impida contar con pruebas y testigos de lo que fue su sufrimiento. Pero cada uno es libre de elegir en qué creer y he aquí en donde es el lector el dueño de esta historia.

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